martes 14 de abril de 2009

CARTÓN PIEDRA




Exposición abril 2009: "Cartón piedra". Galeria Larra10

“Cartón piedra” surge en un espacio olvidado, el viejo museo de la belleza y sus cánones eternos, un interno subliminal donde cohabitan los maestros clásicos y los ejecutores más agresivos de graffiti.

Blanca del Río levanta su estudio en las reliquias de nuestra cultura. Recogiendo lo que otros tiran construye y reconstruye sus ideales a través de una pintura húmeda, chorreante, que se desgrana como un llanto sobre la superficie desjerarquizada del cartón, el más efímero y expresivo de los soportes.

Nada como él para albergar el alma inmortal y la belleza. El cartón es un mensaje en sí mismo, una superficie hermoseada por el sufrimiento de una naturaleza servil y utilitaria, abocada a la decadencia. En nuestro tiempo la piedra parece haberse vuelto cartón, parece decir Blanca del Río en su pintura.

Pero el arte puro y la esencia se erigen sobre todo, también nos dice.

Con paleta limitada y sobria, con una pincelada tan poderosa como arrogante, en cada una de sus obras nos acerca al espíritu de la escultura clásica, a su serena majestuosidad, a su hondura infinita.

En lo desechado, lo olvidado, hay algo especial y bello. El reto es representarlo

Pues bien, la muestra es esa representación, un espacio para la regeneración del olvido donde cada pieza sorprende en su grandeza monumental, exquisita y elegante, alma de escultura rescatada.

Blanca del Río (Jerez de la Frontera, 1984) se afirma cada día como un valor más firme y prometedor. Su trayectoria evidencia una considerable progresión técnica y conceptual, presagio de una carrera artística más que interesante.

 Blanca del Río

Cartón Piedra

Del 16 de abril al 5 de mayo de 2009

Inauguración: 16 de abril 20 h

 Galería Larra

c/ Larra, 10

28004 Madrid

Tf:    914 457 850  / 658 453 610

larra10@hotmail.com

www.larra10.com

Director:  Fernando Herencia

PRENSA:

ABCD las artes y las letras. nº 898. Semana del 18 al 24 de abril. 2009. Pág. 41.

Madrid360. nº 501. Semana del 17 al 23 de abril. 2009. Pág. 62.

Diario de Jerez. nº 9248. Jueves 16 de abril de 2009. Pág. 59.

ABC. nº 34084. Miércoles 15 de abril de 2009. Pág. 61.

UN ARTE SIN ARTISTA






PRENSA:

El punto de las artes. nº 936. Madrid, 7 al 13 de Noviembre de 2008. Pág. 10.

EL PASEO DE ROBERT WALSER




(...) A medida que leía el paseo que estaba dando Walser, más me fascinaba su viaje, ya no tan introspectivo, sino también  relacionado con el mundo exterior y como expresaba su visión del mundo, de la gente, de la realidad. Él hablaba de las cosas, le gustasen o no, como si fueran lo más maravilloso del mundo, gracias a esa poesía, ese lirismo y en cierto modo también melancolía.

            Hablaba de casas con encanto, de elegantes sastrerías, de posadas especiales, pero también de gente mala, del tráfico, del castigo, etc. y todo ello con el mismo tono poético. Me planteé si sería capaz de reflejar esa visión idílica del mundo hoy en día, no a través de las palabras, sino de las fotografías. En ese momento, leí además La Cámara Lúcida de Roland Barthes y me gustó la idea de hacer una foto de una lugar y poder decir: “me gustaría estar ahí”, incluso si el lugar no es nada atractivo en la realidad. Dar ese sentido poético y lírico a las fotos que da Walser  y establecer el mismo relato del paseo con ellas, como puede hacer John Berger en Modos de Ver. Ser capaz de reflejar el paseo y lo que siento ante las cosas que nos rodean todos los días sin palabras, donde la imagen sea lo más importante, que sea como un tratado del Tiempo, d la Nostalgia y, en definitiva, de la Muerte.[1] Aunque en mi caso, y dado el contexto en que vivimos ahora, me gustaría que la vida esté especialmente presente en estas fotos (la haya en realidad o no en el objeto representado).

            En estas imágenes pretendo mostrar ese lado melancólico o también llamado surrealista del que hablaba Susan Sontag, ya no por el distanciamiento respecto al objeto fotografiado, sino por la consagración y admiración del mismo[2], es decir, relacionarme con el mundo y aceptar el mundo[3], no sólo comprenderlo, sino coleccionarlo.

            En definitiva, no ver la realidad o el mundo, sino a transformarlo visualmente, cambiarle el sentido o lo que puedan transmitir, tratar de representarlos con imágenes a través de mis sentimientos, ya sean reales o imaginarios, que la foto tenga un lenguaje gracias a la forma de expresarlo, ya sea mediante el estilo, resaltando puntos clave para conseguir efectos específicos sobre el espectador, mediante  contorsiones técnicas (sobreimpresiones, anamorfosis, explotación voluntaria de ciertos efectos), etc.

(...) Estos son objetivos que ponen las diferencias entre una foto con contenido o simplemente un viaje turístico, como puede llegar a ser el paseo.

Barthes nos pregunta:

 

¿se podría pues retener una intencionalidad afectiva, una intención del objeto, que apareciese inmediatamente henchida de deseo, de repulsión, de nostalgia, de euforia?[5]

 

            Yo creo que sí. Se trata, y sigo con este autor, de sorprender: una foto se hace sorprendente a partir del momento en que no se sabe por qué ha sido tomada. El “cualquier cosa” se convierte entonces en el colmo sofisticado del valor.[6] Me parece importantísimo que estos lugares que en realidad puedan ser comunes, vulgares, inhóspitos o simplemente imperceptibles, se conviertan en algo especial, que sean lugares habitables en vez de visitables[7], es más, este ha sido uno de los principales objetivos para intentar diferenciar mi paseo de uno turístico, ya que realmente el objeto fotografiado puede ser exactamente el mismo.

            Otra de las cosas en las que me he centrado para hacer una foto “especial”, es en ir “mas-allá-del-campo”, es decir, que el espectador quiera salirse del marco, ya que de este modo se podría llegar a percibir la esencia de las cosas y no simplemente la identidad.

 (...)


[1] Joaquín Sala-Sanahuja. Prólogo de “La cámara lúcida”, de Roland Barthes. P. 11

[2] Susan Sontag. Sobre la fotografía. P. 77-123.

[3] Ibíd. P. 120

[4] Roland Barthes. La Cámara Lúcida. P. 22

[5] Ibíd. P. 51

[6] Ibíd.. P. 68

[7] Ibíd.. P. 74